2. DESIGUALDADES SOCIOECONÓMICAS Y CULTURALES Y RENDIMIENTO ESCOLAR

REFLEXIÓN PERSONAL

El día 9 de abril, mis compañeros y compañeras hicieron una exposición sobre desigualdades socioeconómicas y culturales y rendimiento escolar. Desde el primer momento me pareció un tema muy interesante, porque aunque ya había oído hablar de estas desigualdades, nunca las había entendido tan claramente ni había pensado tanto en cómo afectan al día a día del alumnado. Al escucharles, me di cuenta de que quería profundizar más, sobre todo porque esto es algo que voy a vivir directamente cuando esté en un aula como futura docente.

Hubo una idea del trabajo que me llamó especialmente la atención: que el rendimiento académico no depende solo de factores internos del alumno o alumna, sino que también está muy condicionado por elementos externos como la situación socioeconómica, el entorno familiar, el barrio, la nacionalidad o incluso el género. Me pareció una frase muy acertada porque resume perfectamente esta exposición: no podemos mirar el rendimiento como algo individual y aislado, sino como algo que está muy influido por el contexto en el que cada estudiante crece y aprende.

 

¿Qué he aprendido sobre el rendimiento académico?

Antes de la exposición, yo misma pensaba que el rendimiento tenía que ver sobre todo con el esfuerzo, la motivación o la capacidad de cada alumno. En clase siempre nos han dicho que si queremos, podemos y si por ejemplo, sacábamos una mala nota nos decían que no nos habíamos esforzado lo suficiente. Pero después de leer el trabajo de mis compañeros y compañeras y buscar un poco más por mi cuenta, me he dado cuenta de que esa visión se queda muy corta.

En la presentación explicaban que el rendimiento sirve para ver si el alumnado llega a los objetivos del currículo, pero claro, no todos empiezan desde el mismo punto. Y eso cambia muchísimo las cosas. Cuando busqué datos, vi que en PISA 2022 aparece una diferencia de más de 80 puntos entre el alumnado con más recursos y el que tiene menos. Eso equivale casi a dos cursos enteros. Me impresionó bastante, porque te hace ver que el contexto pesa muchísimo más de lo que solemos pensar.

También entendí mucho mejor el famoso efecto composición, que mis compañeros y compañeras explicaron muy bien. El informe TIMSS 2019 muestra que estudiar en un centro segregado puede suponer unos 40 puntos menos en matemáticas, y que la diferencia llega a 90 puntos si comparas un centro vulnerable con uno de clase alta. 

Todo esto me ha hecho ver que no podemos seguir diciendo eso de “si se esfuerza, llegará lejos”, porque no todos parten del mismo sitio ni tienen las mismas oportunidades para esforzarse. El rendimiento no es solo cuestión de voluntad, sino de condiciones.

La parte de la exposición que más me hizo pensar fue la de la segregación escolar. Yo sabía que había diferencias entre centros, pero no me imaginaba que fueran tan grandes ni que llevaran tantos años aumentando. Mis compañeros y compañeras explicaron que en España la segregación ha ido creciendo desde los años 2000, sobre todo en ciudades grandes, y que informes como los de Save the Children llevan tiempo avisando de que es un problema serio. 

Lo que más me sorprendió fue entender que la segregación no aparece por casualidad. Tiene que ver con cómo están organizados los barrios, con las decisiones que toman las familias, con la normativa educativa y, en general, con cómo funciona el sistema escolar. Me hizo ver que la escuela no es tan “neutral” como a veces pensamos. Considero que la escuela debería ser un lugar donde todos tengan las mismas oportunidades y que como futuros docentes tenemos que intentar que  estas desigualdades no sigan creciendo.

 

Nacionalidad y género: dos factores que también influyen

Otra parte que me hizo pensar muchísimo fue la relacionada con la nacionalidad. Cuando mis compañeros y compañeras empezaron a hablar de alumnado de primera y segunda generación, me di cuenta de que nunca me había parado a pensar en lo diferente que puede ser la experiencia escolar para ellos. A veces damos por hecho que, si un alumno lleva años en España, ya está “integrado”, pero no siempre es así. Yo misma he visto en campamentos que he estado a chicos y chicas que hablan bien español, participan, hacen amigos… pero aun así se nota que no terminan de sentirse parte del grupo. Y eso, al final, afecta a cómo aprenden.

Buscando información, vi que en PISA 2022 pasa justo eso: el alumnado inmigrante suele sacar peores resultados incluso cuando tiene un nivel económico parecido al del alumnado nativo. No es porque sepan menos, sino por cosas como el idioma, las diferencias culturales o simplemente porque no sienten que encajan del todo. En el trabajo se decía que este alumnado tiene más riesgo de sufrir acoso y que muchos no sienten ese “sentido de pertenencia”, y la verdad es que me dio mucha pena. Me hizo pensar en lo importante que es que, como docentes, trabajemos la inclusión de verdad, no solo diciendo “todos somos iguales”, sino creando un ambiente donde realmente se sientan parte del grupo.

Con el tema del género me pasó algo parecido. Siempre he escuchado eso de que los chicos son mejores en matemáticas y las chicas en lectura, pero nunca me había parado a pensar en si era verdad o no. En la exposición explicaron que estas ideas siguen influyendo muchísimo. PISA 2022 menciona que las chicas suelen tener más ansiedad en los exámenes, no porque sepan menos, sino por miedo a fallar o a no cumplir expectativas. Y los chicos, en cambio, tienden más a desconectar o incluso a abandonar antes porque sienten que tienen que ponerse a trabajar cuanto antes.

Todo esto me hizo ver que tanto la nacionalidad como el género influyen mucho más de lo que imaginaba. Y que, como futura docente, tengo que estar muy atenta a estas cosas para no reforzar sin querer desigualdades que ya vienen de fuera.

 

Mi opinión y mi postura personal

Después de todo lo que he aprendido, tengo claro que el rendimiento académico no depende solo del alumno. Me da mucha rabia cuando se culpa a los estudiantes sin pensar en todo lo que llevan detrás. Yo misma he visto a niños o niñas en mi colegio que parecían “pasar” de todo y luego descubres que en casa tienen situaciones muy duras. Cuando entiendes eso, te cambia completamente la forma de mirarles. No puedes pedirles lo mismo que a alguien que tiene una vida mucho más estable.

La escuela debería ser un sitio donde todos se sientan parte del grupo, sobre todo quienes vienen de otros países. A veces un simple gesto del profesor, como preguntarles cómo están o interesarse por su cultura, cambia muchísimo más de lo que parece. Y con el tema del género pasa igual. Seguimos arrastrando ideas que no ayudan nada y que influyen en cómo se ven a sí mismos. Creo que como futura docente tengo que estar muy atenta para no repetir esos estereotipos sin querer. 


¿Qué me sirve para mi futuro como docente?

Esta exposición me ha ayudado mucho a imaginarme cómo quiero trabajar yo en un aula. Me he dado cuenta de que, si quiero ser una buena maestra, tengo que mirar siempre más allá de las notas. En prácticas he visto situaciones que me han marcado, como alumnos que parecían desmotivados y luego descubrías que en casa tenían mil cosas encima. Por eso, en mi futuro trabajo quiero intentar conocer un poco la realidad de cada alumno, aunque sea con pequeños gestos: hablar con ellos, preguntarles cómo están o simplemente observar más.

También me ha hecho pensar en lo importante que es crear un ambiente donde todos se sientan parte del grupo. Si algún día tengo alumnado que viene de otros países, me gustaría hacer actividades donde puedan compartir cosas de su cultura o incluso usar palabras de su idioma en clase para que sientan que su identidad también tiene espacio.

Con el tema del género, quiero ser muy consciente de cómo hablo y de lo que transmito. Me gustaría animar a las niñas a sentirse seguras en ciencias y matemáticas, y también dar a los niños más libertad para expresar emociones sin sentirse juzgados. Son detalles pequeños, pero creo que pueden marcar la diferencia.

Y algo que tengo clarísimo es que quiero evitar prácticas que aumenten desigualdades. Por ejemplo, si mando deberes, intentaré que no dependan de tener muchos recursos en casa. O si hago grupos, no quiero que siempre sean los mismos los que quedan “aparte”. Son cosas sencillas, pero creo que pueden ayudar a que la escuela sea un lugar más justo.

En resumen, este trabajo me ha servido para aclarar qué tipo de maestra quiero ser: alguien que escucha, que observa, que entiende el contexto y que hace lo posible para que todos tengan las mismas oportunidades.

 

Un recurso que encontré y que me hizo pensar aún más

Mientras buscaba información para entender mejor todo lo que habíamos visto en la exposición, encontré un informe del Observatorio Social de “la Caixa” que me llamó muchísimo la atención. No lo conocía y me sorprendió lo claro que es. Es una página donde investigadoras e investigadores publican análisis basados en datos reales sobre desigualdad, educación, pobreza, etc. No es un blog de opinión, sino un espacio con estudios muy serios y fáciles de entender.

El informe que leí se centraba en la desigualdad educativa en España, y me gustó porque explicaba de forma muy visual cómo el nivel socioeconómico influye en el rendimiento escolar. Había un gráfico que mostraba claramente que, cuanto más alta es la situación económica de la familia, mejores suelen ser los resultados. Pero lo que más me impactó fue ver que incluso cuando dos alumnos tienen un nivel socioeconómico parecido, el tipo de escuela al que van puede marcar una diferencia enorme. En ese momento pensé directamente en lo que mis compañeros habían explicado sobre la segregación escolar y el efecto composición. Fue como ver la teoría “en vivo”.

Además, el informe explicaba algo que nunca había pensado: que estas desigualdades no solo afectan al presente del alumnado, sino también a su futuro laboral y social. Eso me hizo sentir que este tema no es solo interesante, sino urgente. Me ayudó a ver que la escuela puede ser un espacio que reduzca desigualdades… o que las aumente si no se actúa.

 

Enlace al informe del Observatorio Social de “la Caixa”:

https://observatoriosociallacaixa.org/educacion/desigualdad-de-oportunidades-en-el-rendimiento-educativo-en-espana-y-europa

También encontré un artículo de la OCDE que hablaba de países que han conseguido reducir la brecha socioeconómica en educación. Me gustó porque no se quedaba solo en el problema, sino que mostraba soluciones reales. Algunos de los países que mencionaban eran Canadá, Estonia, Finlandia y Portugal, que han logrado mejorar la equidad educativa en los últimos años.

Las ideas que funcionaban en estos países eran muy concretas:

  • Tutorías personalizadas para el alumnado con más dificultades.
  • Apoyo emocional y bienestar, no solo académico.
  • Mezcla social en los centros, evitando escuelas “gueto”.
  • Formación docente en equidad, para que el profesorado sepa detectar desigualdades y actuar.

Me gustó porque me dio esperanza: no es algo imposible, hay países que ya lo están haciendo bien.

Enlace al informe de la OCDE (Education at a Glance): https://www.oecd.org/education/education-at-a-glance/ (oecd.org in Bing)

Después de leer estos recursos, sentí que lo que mis compañeros presentaron no era solo teoría de clase, sino un tema que se está investigando a nivel internacional y que tiene un impacto enorme en la vida de las personas. Y, sobre todo, me hizo pensar que como futura docente tengo una responsabilidad real en todo esto.

 

Meta‑reflexión y Conclusión: quiero ser una docente que marque la diferencia

Después de todo este proceso, siento que mi forma de mirar la educación ha cambiado bastante. No solo por los datos o las teorías, sino por cómo he ido conectando todo esto con lo que yo quiero hacer en un aula. Me he dado cuenta de que la escuela no es un sitio “neutral” donde todo el mundo empieza igual, y que como docente puedo influir mucho más de lo que pensaba. Eso me impresiona, pero también me motiva.

Lo que más me llevo es la idea de que cada alumno llega con una historia distinta, y que si no la tengo en cuenta, puedo equivocarme en cómo les acompaño. No quiero ser una maestra que se queda en la superficie. Quiero ser alguien que mira, que escucha y que se pregunta qué necesita cada uno para avanzar.

También me quedo con la sensación de que, aunque no puedo cambiar el mundo entero, sí puedo cambiar pequeñas cosas dentro de mi aula. Y esas pequeñas cosas, para algunos alumnos, pueden ser enormes. Me gustaría crear un espacio donde nadie sienta que “no es suficiente” o que no encaja. Un sitio donde tengan oportunidades reales, no solo en teoría.

En resumen, esta exposición no solo me ha enseñado contenidos: me ha ayudado a imaginarme como docente y a entender la responsabilidad que eso implica. Y, sobre todo, me ha confirmado que quiero formar parte de una escuela que abra puertas, no que las cierre.

 

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